Nací el verano de 1969 en tierras valencianas. Hija y hermana de pintores, me formé en la Escuela de Arte y Diseño de Alcoy (Alicante), estudiando diseño industrial y gráfico. Trabajé algunos años en el diseño publicitario y dando clases particulares de dibujo y pintura. Sin embargo, mi naturaleza diletante, espiritual e intimista no daba con una vocación profesional a su medida. Entre tanta incertidumbre, el azar intervino cuando la carátula de un disco que escuchaba me impulsó a pintarla en gran formato, transportada por la música be bop. Fue una experiencia catártica y reveladora que me decidió definitivamente por la pintura. Mi primera fuente de inspiración fue, pues, la atmósfera noctámbula del jazz más vibrante. Fueron años de intensa actividad pictórica y contactos comerciales que me permitieron vender mi obra en el extranjero. Mientras tanto, yo evolucionaba y exploraba el potencial plástico y emotivo de la técnica al óleo hacia una mayor seguridad y expresividad con toda la energía propia de una etapa vital sin responsabilidades. Hasta que, con la visita a algunos museos europeos, me atrapó el mundo clásico de la escultura y la mitología greco romana. Fue una etapa igualmente fructífera pero con una atmósfera más onírica y mágica, un colorido irreal y una técnica basada en la superposición de veladuras. Tras una breve incursión en el paisaje romántico, emprendí una nueva etapa de tema infantil influida por los fotógrafos franceses de mediados del S. XX, con un contenido más social y una técnica más depurada. Por otro lado, el desnudo femenino ha sido un tema preferente aunque intermitente en mi trayectoria. Influenciado, esta vez, por otra de mis pasiones, la pintura simbolista. Actualmente, fascinada y estimulada por el arte infantil, voy en busca, a través de la incorporación del collage a mis pinturas, de un lenguaje nuevo para mí, mi nuevo desafío.

Luisa Fuster

 

 

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¿Por qué no?

Nada puede permanecer intacto durante mucho tiempo. Tal vez por eso siento cierta desilusión por la pintura tal y como la he concebido hasta ahora en lo referente a la técnica, el formato y el soporte. Aunque mis temas son los mismos, con una clara predilección por el universo femenino y por la infancia.

…Tal vez mi capacidad para vibrar pintando se exprese y fundamente a través de nuevos parámetros que no he sabido descifrar ni canalizar aún.

… Tal vez ya lo esté haciendo a través del collage, el dibujo y otras técnicas “menores”, apasionantes para mí. Y es que he dejado de plantear mi vocación artística en términos cuantitativos, de escala, de currículo.

¿Por qué no?, me pregunto.

De los grandes lienzos a los pedacitos de papel. De la solera y la solidez del óleo a la modestia y la sutileza del collage, la suave versatilidad del grafito o a la viva rusticidad de las ceras.

Sigue interesándome lo sincero y lo valiente. Soy consciente de que, independientemente de que pinte grandes figuras sorollescas por encargo o de que emplee el mismo material escolar que mis hijas para crear una pequeña composición, lo primordial es no dejar nunca de trabajar.

Es cierto que el descubrimiento de facetas estética, espiritual y emocionalmente más potentes y enriquecedoras que la experiencia pictórica, (como la crianza de mis hijas o el contacto directo con la naturaleza), han diversificado mi atención y mi entusiasmo, antaño orientados hacia un único objetivo (pintar) con la fidelidad de un láser. Pero si me planteo mi obra cualitativamente, sólo puedo sentir satisfacción, ya que en cada cuadro, en cada pequeño collage, en cada fotografía o escrito, hay una diminuta porción de mí misma, una minúscula voluntad, acaso pasión, por seguir trabajando.

 Luisa Fuster